Jóvenes de
todos los continentes, ¡no tengáis miedo de ser los santos del nuevo
milenio! Sed contemplativos y amantes de la oración, coherentes con
vuestra fe y generosos en el servicio a los hermanos, miembros activos de
la Iglesia y constructores de paz. Para realizar este comprometido
proyecto de vida, permaneced a la escucha de la Palabra, sacad fuerza de
los sacramentos, sobre todo de la Eucaristía y de la Penitencia. El Señor
os quiere apóstoles intrépidos de su Evangelio y constructores de la nueva
humanidad. Pero ¿cómo podréis afirmar que creéis en Dios hecho hombre si
no os pronunciáis contra todo lo que degrada la persona humana y la
familia? Si creéis que Cristo ha revelado el amor del Padre hacia toda
criatura, no podéis eludir el esfuerzo para contribuir a la construcción
de un nuevo mundo, fundado sobre la fuerza del amor y del perdón, sobre la
lucha contra la injusticia y toda miseria física, moral, espiritual, sobre
la orientación de la política, de la economía, de la cultura y de la
tecnología al servicio del hombre y de su desarrollo integral.